Page 19 - El Maestro
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El Aserrío
Era un día con un sol resplandeciente que segaba mis ojos, casi no podía ver. Busqué en mi mochila mis gafas y me las puse; no podía creer que había llegado, ni mucho menos me imaginé lo que iba a suceder. La gente me miraba al pasar, tenían curiosidad por mí, característica de los lugareños de los pueblitos chicos. Caminé un poco hasta llegar al Parque Central, justo como dijo don Miguel Romero, había una pequeña cafetería. Entré y pedí a la señorita un café y un sándwich. Ella me vio con intriga, indiscreta y sonriente preguntó :
–¿Usted no es de aquí verdad? –No, no soy de aquí –respondí. –¿De dónde es usted?
–Soy de Managua.
–¡Ah...! –exclamó con rubor en sus mejillas.
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