Historias frente al fogón VI

Les compartimos la última leyenda del libro Historias frente al fogón.

El cacique Chontal

–Esta historia ha pasado de generación en generación entre los chontaleños –así empezó su narración mi viejita–. Cuenta la leyenda que aquellas tierras eran regidas por el gran cacique Chontal, quien gobernó con justicia y sabiduría a su pueblo. Todos temían a los Chontales, pues era un pueblo bravío y altivo que no se dejaba explotar por los invasores extranjeros de donde quiera que estos procedían, hasta cuando llegaron los españoles y trataron de usurpar las maravillas que ellos poseían. El intrépido cacique luchó con valentía a la cabeza de sus guerreros que dieron su vida por la libertad de su pueblo, al que defendían. Los españoles conquistadores retrocedían derrotados y agraviados por el espíritu  de aquel caudillo que se veía reflejado en los rostros de su pueblo aguerrido. No contentos, los españoles  regresaron con mayor potencia, decidieron con firmeza acabar con aquella resistencia para mantener su poderío intacto, al igual que su orgullo ya calcinado por aquel cacique Chontal, cuya voluntad era la de su pueblo a lado de sus fieles guerreros, aquellos que derramaron su sangre en la cruel batalla final que los puso a merced de los opresores españoles. Pero el jefe de la tribu Chontales no se inclinó ante los imperiosos. Decidido, se dirigió hacia una peña. Tras él se encontraban los hostiles españoles. Determinado a no ser su prisionero, el valeroso cacique se lanzó al profundo abismo. Así mostró el fervor de un pueblo que se negaba a ser conquistado.

La peña desde la que se arrojó el valiente cacique pertenece a la cordillera Amerrique [1]. Hoy en día es conocida como la peña del Cacique. Se dice que de vez en cuando se logra ver un rayo de luz en ese mismo lugar. Los lugareños están seguros de que esa luz radiante es la voluntad del cacique Chontal hacia su pueblo, actualmente conocido como Chontales.

Tras aquella historia estábamos más animados y habíamos perdido el miedo por la Mocuana. Más relajados nos fuimos a dormir.

A día siguiente nos reunimos para jugar en la calle, era temprano, eso de las cuatro de la tarde. En aquella época no nos llamaba la atención la televisión, esperábamos las tardes para salir a jugar fuera de la casa, en nuestro barrio San José Oriental. En ese entonces, las calles no eran pavimentadas y no había tráfico. Recuerdo que la Eva María hacía los equipos para jugar kickball [2] con los vecinos. Yo era pequeña y no podía patear la pelota muy bien por lo que decían que yo era mantequilla. Esa palabra significaba que aunque jugara no valían los outs [3] que me hicieran. Yo era feliz al patear la pelota y tratar de correr a la base, aunque siempre me ponchaban.

Eran casi las seis de la tarde y no dejamos de jugar. El equipo de la Eva María ganó y el de Mirna, la vecina del frente, perdió. Mirna pedía la revancha, pero los muchachos no querían jugar más kickball porque ya estaban cayendo los últimos rayos de la tarde. Así que decidieron jugar a los colores, para que los más chiquitos también entraran al juego. La Maritza tenía reunido a todos los niños, éramos bastantes, ella era la que daba el color a cada niño. La Mirna hacía de diablo y la Eva María de ángel. Así empezaba el juego. Por cara y cruz, se decidió que Mirna fuera la primera. Ella se acercó donde estaba Maritza:

–Tan, tan –inició Mirna.

–¿Quién es? –preguntó Maritza.

–El diablo con el sartén –respondió Mirna.

–¿Qué quería? –indagó Maritza.

–Un listón –dijo Mirna.

–¿Qué color? –preguntó Maritza.

–Rosado –contestó Mirna.

–No tenemos, váyase a la porra de agua –dijo Maritza.

Siguió el turno de Eva María y se repitió el mismo diálogo:

–Tan, tan.

–¿Quién es?

–El ángel con la bola de oro.

–¿Qué quería?

–Un listón.

–¿Qué color?

–Azul.

–Sí tenemos.

En ese instante Maritza llamó al niño cuyo color fue adivinado y se lo dio al ángel.

Al terminar los colores, los dos grupos tenían un duelo de fuerza. El ángel y el diablo se agarraban de las manos, atrás de cada uno de ellos posicionaban sus colores ganados tomándose por la cintura unos con otros. El ángel y el diablo empezaban a jalar cada quién hacía su lado. El equipo de la Eva María ganó.

Mi mamá Marlene, junto a mis tíos, que eran mayores, estaban sentados en las sillas abuelitas, desde donde observaban y gozaban de la algarabía de los chavalos. Se hacía tarde, ya eran las siete y media de la noche. Poco a poco los padres llamaban desde sus casas a sus hijos. Nos despedíamos para ir a cenar. Esta vez no hubo historia, las vacaciones habían terminado. Era nuestro último día de descanso, por ello tuvimos que dormir temprano.

[1] “Amerrisque” o “Amerrique”, “lugar del viento” o “donde el viento sopla”, así llamaron los mayas a esta cordillera.

[2] Kickball: es un juego entre dos equipos cuyo objetivo es anotar la mayor cantidad de carreras posibles y evitar que el otro equipo anote. Gana el partido quien haya anotado más carreras. Es muy similar al Béisbol, pero sin guantes y sin bate.

[3] Outs:  es igual que ponchado significa ” fuera”.

Blanco, F. (2017), Historias frente al fogón,  Quito, Ecuador.

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