Historias frente al fogón II

Continuamos con la serie de

Cuentos y Leyendas…

Evocación

Cada vez que añoro aquella inocencia que se quedó grabada en mi ser, cierro mis ojos y en mi mente me transporto a lugares que me recuerdan lo feliz que fui.

Recorro lentamente mi antigua morada, el hogar donde reí, y lloré. En mi imaginación, atravieso el portoncito de madera que me lleva al pie de la puerta principal de la casa de mis viejitos, mis abuelitos. Aquella puerta permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Para entrar a la casa recorría un pequeño pasaje ubicado en la parte lateral izquierda. La primera casa visible era la de mi tía Amanda, al frente había un almendro. Estaba sembrado cerca de la pared lateral de la casa de mi abuelita. Era tan alto que pasaba el techo. Oigo las risas de mis primos y también los regaños de mis tíos, al descubrirnos subiendo a aquel almendro y pasarnos al techo de la casa de mis viejitos para tratar de tomar las almendras maduras.

A unos metros, delante de la casa de mi tía Amanda, en la parte derecha, se encontraba el lavandero. De ahí iniciaba el patio, que parecía enorme. Un portón de madera delimitaba la parte trasera de la casa. Era como una frontera entre la propiedad y la calle transversal. Cerca de él se veía majestuoso el árbol de aceituna. Debajo de su tupida sombra se encontraban las sillas mecedoras y taburetes, en los que los mayores se sentaban a platicar plácidamente con sus tazas de café en la mano, principalmente los fines de semana.

En los árboles de mangos se podían contemplar sus frutos colgando como adornos de colores, verdes y amarillos. No era extraño vernos tomar una vara larga, de madera, de la carpintería de mi viejo, y martillarle un clavo al filo de un extremo para poder bajar los mangos verdes y maduros. Luego llevarlos a la cocina para prepararlos con sal, limón y chile.

La entrada estaba cerca del lavandero. Era una estancia solo con techo. A un lado se veían dos mesas de madera, sobre las que estaban los trastes y las porras[1] para cocinar. Frente de las mesas se encontraba una gran cocina de leña y al lado de esta, se distinguía un pozo sellado. En ese entonces parecía enorme. Junto a él, casi recostado, había un taburete y unas sillas. Al situarme en aquella estancia, vienen los recuerdos como una cascada de agua fresca, pero a la vez cálida. Aquella cocina no tenía muros, y se podía ver todo el patio y la carpintería de mi viejo. Al lado derecho de la cocina vivíamos nosotros; era otra vivienda aparte, pero separada solo por un pequeño portoncito que cruzábamos diariamente mis hermanos y yo para jugar con los demás primos que vivían con mi abuelita y con los que venían de visita regularmente.

Recuerdo a mi mamá Marlene, mi viejita adorada, mi abuelita, estaba cerca del fogón atizando el fuego, justamente en aquellos días en que había apagones. Las llamas de aquel fogón eran las únicas que nos alumbraban. Los pequeños nos inquietábamos cada vez que sucedían los apagones; aunque en ese entonces eran muy frecuentes, no nos acostumbrábamos a la oscuridad. Nos reuníamos siempre alrededor  de mi viejita, nos sentábamos en el piso y ella en un taburete. Ella sonreía, decía que no había nada que temer. Nos preguntaba si queríamos que contara una historia. Nosotros emocionados gritábamos al unísono que sí. Luego se ponía de pie, se acercaba al fogón. Con su mano derecha sacaba de su delantal un cigarro y con la otra mano lentamente agarraba un tizón, lo soplaba suavemente hasta que las chispas se avivaban. Después se ponía el cigarro en su boca, lo acercaba al tizón[2], le daba vida, caminaba despacio hacia el taburete y así empezaba la historia…

[1] Porras: en Nicaragua se designa en general a las ollas para cocinar.

[2] Tizón: palo o trozo de madera a medio quemar.

La carreta nahua (nagua)

Hace mucho tiempo, dicen las lenguas que en la época de la colonia, los españoles llevaban a los indios en una carreta guiada por enormes bueyes para ser vendidos como esclavos en otras tierras. Siempre salían a media noche, y de los desdichados no se volvía a saber. Nadie se atrevía a decir una sola palabra por temor a las represalias. Dicen que muchos de estos indígenas murieron en aquella carreta durante la travesía, y por eso quedó para siempre condenada a llevar a las infortunadas almas en pena. La llamaron la carreta nahua, y anda rondando por las calles de Nicaragua.

–Mamá Marlene, ¿en verdad existe la carreta nagua? –preguntó uno de mis primos.

–Mi abuelita Gracia, que en paz descanse, decía que sí. Ella me contó esta historia:

Cuando todavía Managua estaba en crecimiento, la iglesia parroquial quedaba a una cuadra de la playa y estaba construida de adobe y de tejas. El santo que cuidaba de esta iglesia era Santiago. En ese entonces, habían pocas casa de tejas; la mayoría eran hechas de techo de paja, y estaban separadas a menos de media legua la una de la otra.  A pesar de la distancia, los pobladores se conocían. Martín, borracho empedernido y parrandero, era famoso. Trabajaba como ayudante de carpintería de don Manuel, un hombre hacendoso a quien los años ya le estaban pasando la cuenta. Siempre lo aguantaba porque no tenía quien lo ayudara; sus hijos no quisieron seguir con el negocio y no tuvo más remedio que continuar solo.  Los vecinos que lo apreciaban le repetían una y otra vez que echara a Martín porque este no se ganaba su jornal de ley y solo significa más trabajo acumulado para él. Por algún motivo, don Manuel se hacía de oídos sordos a estas palabras ya que era un hombre de buen corazón y tenía la ilusión de que Martín cambiara su rumbo en la vida.  Cada mañana, Martín se presentaba a trabajar soñoliento después de la parranda del día anterior. Don Manuel le decía:

–Ten cuidado Martín, es mejor que pares de beber; siempre tienes que ir por esos caminos solitarios, te puede pasar algo.

–No se preocupe don Manuel, no me va a pasar nada –decía Martín mientras cogía una tabla entre sus brazos que luego ponía sobre el banco de trabajo y empezaba a cepillarla.

Después del trabajo, Martín se iba a casa de su amigo Gilberto que quedaba a media legua de ahí. Gilberto vivía solo en una pequeña casa donde siempre coincidían todos sus amigos, empezando por Martín, Sergio y Juan, todos listos para tomar guaro[3]. Poco a poco entraban en calor y empezaba la discusión por alguna razón. Esta vez las historias de horror eran la sensación. Entre copas, una y otra, comenzaron a narrar las historias que vecinos lugareños comentaban con temor. Juan inició la conversación:

–¿Han escuchado lo que le sucedió a María, la mujer de don Porfirio?

–No, ¿qué le pasó? –contestaron los amigos e intrigados insistían, Ya, vamos, suéltalo de una vez.

–Pues parece que ayer vio correr a la carreta nagua –contestó Juan temeroso y prosiguió–: Ahora está en la cama con fiebre y sin habla. Sa…, sa…, saben…, es mejor que terminemos por hoy y regresemos a nuestras casa.

Gilberto y Sergio se vieron asustados.

–Sí –contestó Sergio apresurado– sí, es mejor, no vaya a ser que por imprudentes, en la calle, nos encontremos a tan temible ser.

De pronto, se oyó por detrás una fuerte carcajada. Era Martín sentado detrás de Gilberto, que se burlaba de lo que decían los amigos.

–No te burles –dijo Gilberto– esto es serio, la carreta nagua existe, siempre busca las almas en pena para llevarlas. Sólo los niños recién nacidos y los mudos de nacimiento pueden verla.

–Sí…, es cierto –continuó Sergio– yo lo he escuchado, dicen que si te encuentras  con ella no debes mirarla. Por ningún motivo tienes que hacerle caso, si no será tu perdición.

Martín, como siempre, no le ponía mente a lo que los amigos le advertían, sus palabras le entraban por un oído e igualmente le salían por el otro. Sonrió y se puso de pie, mientras les contestaba en tono altanero:

–Si acaso me la encuentro, le pediré a la muerte Quirina[4] que me dé un paseo en su carreta y seguro que hasta amigo me hago de ella.

 Los amigos se miraban unos a otros, no podían creer que Martín no tuviera miedo. Entre tragos y plática se fue volando el tiempo, ya se adentraba la noche. Sergio y  Juan,  nerviosos, pidieron  a Gilberto que les deje quedarse hasta el amanecer, a lo que él accedió:

–Claro –les dijo– busquen donde acomodarse.

–No hay problema, en un rinconcito nos ajustamos, ¿verdad Juan? –contestó Sergio aliviado, mientras su amigo asintió.

En eso, Martín, ya de pie, empezó a despedirse de sus amigos, que lo veían con sorpresa.

–¿No te vas a quedar? –preguntaron.

–¡No! –respondió Martín– mañana tengo que llegar temprano. Se lo prometí a don Manuel.

A pesar de lo que le dijeran los amigos, no quería escuchar. Martín vivía a una legua de su amigo Gilberto. Ellos intentaron detenerlo, pero no pudieron.

–En verdad es cierto lo que dice el dicho –comentó serio Gilberto– no hay que discutir con niños, ni con borrachos. Ándate si quieres, pero ten mucho cuidado.

De esta forma Martín se puso en marcha, muy seguro de sí. Esa noche había una preciosa luna deslumbrante, las estrellas brillaban a más no poder; no había más ruidos que los cantos de los grillos y las luciérnagas que aparecían y desaparecían en aquellos montes, a los lados del camino. Martín recordaba la conversación con sus amigos y se decía:

–Carreta nagua, ja, ja, ja…, estos son unos supersticiosos. Este Sergio seguro que vino con ese cuento para que Gilberto lo dejara dormir en la casa  y terminar de emborracharse junto al otro. Ja, ja, ja…, seguro que fue para no encarar a su mujer –así iba caminando Martín, hablando consigo mismo y riéndose de sus conjeturas.

Ya había andado media legua, cuando en un instante, la luna y la noche se cubrieron de un oscuro profundo. Las estrellas, en el cielo, se ocultaron, ya no se oían los grillos, y  las luciérnagas desaparecieron. Cuando Martín se  acercaba a una de las casas, oyó unos perros aullar aterrorizados, las gallinas  cacareaban y los dueños de aquel lugar cerraban, presurosos, ventanas y puertas. Martín se quedó parado un instante; de pronto, un viento frío empezó a recorrer todo el lugar.

–¿Qué será esto? –decía Martín– se me congelan hasta los huesos. ¿Qué es este frío infernal?

Todavía confundido, Martín  no hallaba una respuesta lógica. En eso, de la nada apareció una carreta destartalada jalada por una yunta de bueyes cadavéricos, con sus miradas chispeantes. A cada paso que daban, se oían con estruendo los traqueteos desconcertantes de las ruedas, cada vez que estas topaban el suelo. Los pasajeros  de la carreta llevaban una capucha blanca en la cabeza y una candela prendida en cada mano mientras miraban fijamente al frente. Martín no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Al ver al jinete que  vestía un sudario blanco y portaba una guadaña sobre el hombro izquierdo, se decía a él mismo:

–¡Rayos!, ya me llevó el diablo, ese jinete es…, sí, es una calavera. ¡Madre mía!, es la muerte Quirina, de la que todos hablan.

 En su pecho, sentía que el corazón empezaba a acelerarse.

–¿Qué fue lo que dijo Gilberto? –pensaba; de pronto, en su cabeza sonaban las palabra de su amigo–. Por ningún motivo hay que hacerles caso.

La carreta iba directo hacia él. Martín, apenas logró esquivarla. Cuando la carreta pasaba por su lado, él bajó la mirada mientras uno de los que iban en la carreta le pidió que lo ayudara extendiéndole su mano que portaba una candela encendida. Martín, bañado ya en sudor, trataba de aguantar el terror que sentía, cerró sus ojos e ignoró al encapuchado. El jinete paró sorpresivamente la carreta, y giró su cabeza hacia Martín. Este sentía la presencia de aquel ser, que lo estremecía, por lo que empezó a rezar como nunca lo había hecho en su vida:

–Diosito por favor, ¡hazme este milagro!, sálvame de esta. Te prometo que no volveré a tomar un solo trago más en mi vida, me haré un hombre de bien, pero no dejes que me lleve la muerte Quirina. Padre nuestro que estas en los cielos…

De pronto, el jinete volvió a girar su cabeza; esta vez hacia el frente y tiró de la yunta de bueyes para continuar su viaje. Poco a poco la carreta nagua iba desapareciendo por completo. El cielo se despejó rápidamente; la luna volvió a aparecer junto a las estrellas, todo se calmó y siguió su curso. Martín abrió por fin sus ojos y aún con su cuerpo tembloroso, cayó desmayado en el camino. Al día siguiente, los habitantes de la casa lo encontraron; según dicen, cayó enfermo con fiebre durante una semana y no pudo hablar durante mucho tiempo. Cuando por fin se recuperó, su vida dio un vuelco total, ya que había hecho una promesa: nunca más volvió a probar alcohol y se convirtió en un hombre respetado por todos.

Al finalizar la historia mi viejita continuó:

–Dicen las lenguas que han visto a la carreta nagua en Granada, en León, al igual que en el Open 3[5]. La gente de estos lugares vive asustada. ¡Acuérdense!, tengan mucho cuidado al caminar por esas calles desiertas para no caer en las garras de la carreta nagua.

Nadie habló, ni preguntó. Nos mirábamos unos a otros frente al fogón, estábamos inquietos. Mi abuelita se levantó del taburete y sonriendo nos dijo:

–¡Bueno!, ya es hora de dormir.

La luz no había venido todavía y nos pusimos más nerviosos, así que comenzamos a buscar a quien nos podría acompañar  a ir  a la cama. Mi abuelita se rió y nos dijo:

–¡No me digan que tienen miedo! Entonces no les vuelvo a contar nada.

–No mamá Marlene –nos hacíamos los fuertes– es que…, sólo llevamos a los chiquitos a la cama. Sí…, sí…, es que está oscuro. ¡vamos, vamos! Hasta mañana, buenas noches, mamá Marlene.

[3] Guaro: es una bebida alcohólica que se elabora en varios lugares de América Latina. Es un aguardiente claro de caña de azúcar con un sabor ligeramente más dulce al de otras bebidas destiladas. Es muy popular  en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Ecuador y Colombia, aunque en muchos lugares la palabra “guaro” es utilizada para referirse a casi cualquier tipo de destilado.

[4] Quirina:  en Nicaragua significa esqueleto humano, representa a la muerte.

[5] Open 3:  antiguamente un barrio del municipio de Managua. En enero del 2000  por decreto legislativo fue constituido como Municipio Ciudad Sandino del departamento de Managua en Nicaragua.

Blanco, F. (2017), Historias frente al fogón,  Quito, Ecuador.