Historias frente al fogón IV

Seguimos con historias frente al fogón…

La mona bruja

En el departamento de Carazo, en el municipio de San Marcos, vivía don Filemón. Un don Juan muy famoso por esa región. Dicen las malas lenguas que por mujeriego fue embrujado por una mujer que conoció por casualidad en el camino a su finca.

Cuando la presentó a su familia, todos quedaron asombrados, ya que el hombre dizque las sabía escoger por su buena figura y rostro hermoso, mientras que la mujer que anunció como su novia, era de las, decía él, del promedio y no llamaba la atención.

Filemón, locamente enamorado, a las dos semanas se casó con aquella desconocida. A la fiesta improvisada llegó toda su familia y su mejor amigo y compadre de parranda, Sifrido. Todos estaban preocupados y resignados ya que el sí, ya había sido decidido.

La llevó a vivir a su finca y todo iba bien hasta que un día empezaron a ocurrir extraños sucesos en San Marcos.

Pasaron así varios meses y Filemón decidió ir a visitar a sus padres. Ellos estaban felices pero faltaba alguien, su media costilla no estaba a su lado y su madre se resintió. Filemón, ágil de mente, encontró una escusa para mantener la armonía en la familia:

–Disculpa viejita, mi mujer se sentía enferma y por ello no pudo venir conmigo. Usted sabe, la gripe, y en sus días.

La madre escuchó atenta y hasta pena sintió por su nuera ausente.

–Si es gripe, llévale un poco de la sopita de res, esto le hará bien.

Filemón agradecido con su madre la abrazó y la besó en la frente.

–Mi vieja linda, por eso es que la quiero tanto…

–Pero espero ver a mi nuera pronto –reprochó ella.

–¡Ah…! Hijo, cuando te vayas, tendrás cuidado por esos caminos. Andan diciendo que una mona se esta apareciendo. La gente está temerosa, dicen que ha llegado cerca de aquí. Los vecinos la han oído caminar sobre los techos de sus casas. El mismo don Eulalio dice que la mona se le robó unas gallinas y le arruinó el techo de su casa.

–¡Ay, mamá! Solo locuras, ¿Cómo va a ser eso cierto? Dígame, ¿don Eulalio la vio? No verdad, seguro que por miedoso no quiso salir. Tal vez fueron los chigüines[1] que estaban molestándolo.

–Pero…, hijo, dicen que la mona jugó a don Jacinto y el pobre anda todo atolondrado por el pueblo, no reconoce ni a su propia madre.

–Tal vez se cayó y se golpeó la cabeza, él siempre anda solo por esos caminos desiertos, a veces mareado.

–Por eso mismo, hijo, dicen que se encontró con una mona y esta lo jugó. Tendrás cuidado.

–No se preocupe vieja, no me va a pasar nada. Además yo ya no salgo como antes, ahora tengo a mi Zoila.

–Claro, ya tiene a su media costilla, por eso viene a verme cada siglo.

–Ya viejita, no se me enoje, lo bueno es que vengo y siempre la llevo en mi mente.

Horas después Filemón partió hacia su finca. Llegó a su casa y su esposa lo recibió con una gran sonrisa en su rostro, lo abrazó y besó cariñosamente.

Para la cena, le preparó un gallo pinto con unos huevos fritos, tajadas, queso y una ensalada de repollo con tomates y chile. Al finalizar, Filemón se levantó de la mesa y se dirigió al patio de la casa. Se sentó en una silla mecedora cerca del árbol de chilamate[2] que se encontraba rodeado por arbustos. Su robusta sombra lo refrescaba, mientras su esposa le traía una taza de café. Entre charlas y risas,  Filemón le comentaba lo que acontecía en la ciudad. Transcurrieron las horas y aquel hombre cansado se dispuso a entrar a la casa a dormir. Su amada se apresuró y le preparó un té para que pudiera dormir mejor. Ya en la cama se quedaba a su lado y le hacía compañía. Filemón caía como costal de papas, no había nada que lo despierte. Pronto, se tornó la noche de un oscuro profundo. De aquel cuarto se levantaba una figura lentamente. Era Zoila que empezó primero a llamar a su esposo y al ver que no respondía, le hincaba la espalda con su dedo para asegurarse que dormía. Sigilosa se irguió. Se alejaba así del lecho de su esposo, para salir del cuarto. Luego abandonó la casa. Entró a unos matorrales, subió al árbol de chilamate y arrancó una flor. Bajó del árbol y empezó a bailar en el borde de un círculo en cuyo centro se definía un pentagrama y sobre él una pequeña tina. Mientras bailaba empezó, exactamente a las 12 de la noche, a recitar un conjuro para realizar su transformación. Repetía sin cesar:

–Baja carne, baja carne, baja carne… –poco a poco la piel de aquella mujer empezó a deslizarse desde su cara  hacía la pequeña tina que yacía bajos sus pies, dejando al descubierto su esqueleto lleno de músculos sangrientos y, mientras seguía recitando, se puso en cuatro patas, manos y pies empezaron a agrandarse. Su rostro cambiaba drásticamente y su cuerpo se llenaba de pelaje poco a poco hasta convertirse en una mona. Lanzó un grito escalofriante y saltó hacía las ramas del árbol de chilamate. Se alejó con rapidez, iba en busca de algún desdichado para hacerle el mal.

La mona llegó a la ciudad a través de  la ramas de los árboles, de donde vigilaba. Al ver que un hombre se acercaba, bajó un instante, pero luego subió de un salto al percatarse que atrás venían más personas. Desilusionada por no atrapar a su víctima, siguió saltando de rama en rama hasta llegar a  alguna casa. Empezó a caminar en el techo de forma brusca y las tejas sucumbían tras sus pasos. Pronto divisó un árbol donde yacían dormidas las gallinas y saltó para espantarlas. Con este alboroto, los perros del lugar empezaron a ladrar de forma estrepitosa, unos con temor, otros desafiando a aquel ser que cogía las gallinas como si cosechara frutas de un árbol. Los dueños de la casa no salían, estaban temerosos y no querían ver lo que ocurría para no ser jugados por la mona. Cuando la mona se dio por satisfecha, desapareció del lugar tal como llegó, saltando de una rama a otra.

Al llegar a la casa, la mona volvió a sumirse en los matorrales que rodeaban el árbol de chilamate, justo donde había dejado la pequeña tina con su piel. Se acercó y empezó de nuevo su rito:

–Sube carne, sube carne, sube carne…  –decía la mona después de que su pelaje se fuera. Su rostro, manos y pies volvieron a la normalidad. La piel, en la tina, empezó a moverse y subía de abajo hacía arriba hasta cubrir todo su esqueleto con los músculos ensangrentados.

Su transformación a humana estaba completa. Recogió la tina, borró aquel círculo, se vistió y regresó al lecho de su esposo Filemón, quien no sabía nada acerca de lo que sucedía con su mujer.

Al amanecer, Filemón se levantó muy animado como siempre, su desayuno ya estaba servido sobre la mesa y al lado, su esposa con una enorme sonrisa. El hombre pensaba que se había sacado la lotería.

Cuando Filemón bajaba al pueblo se encontraba con su amigo Sifrido, compinche de sus días de juerga y perdición. En sus pláticas no hacía más que alardear sobre lo dichoso que era con su mujer. Entre tragos, el amigo lo miraba dudoso y sin reservas le preguntó:

–¿Estás seguro? Hasta ahora no creo en las mujeres abnegadas. No es por nada compadre, pero es mejor que le eches un ojo a tu mujer, por si acaso, digo yo. No vaya  a ser que te las esté pegando y tú ni te enteras.

El rostro de Filemón se tornó serio y enfadado.

–Vos estas celoso, eso es todo, y mejor me voy antes de destrozarte esa cara de palo que tienes.

–Mira hermano, que hasta ahora yo no me he equivocado, así que yo de ti estaría con un ojo al cristo –insistía Sifrido, mientras le servía otro trago.

Filemón se paró bruscamente, lleno de ira hizo retroceder su silla y dejó a su compadre con la botella en mano.

A pesar de reprochar el comportamiento de su mejor amigo, Filemón sentía como el gusanito de la duda atravesaba su cerebro. Esa noche, al llegar a su casa, su esposa lo recibió igual que siempre, cariñosa y atenta. Él la miraba y se decía a sí mismo:

–Es pura envidia del compadre…

Llegó la hora de dormir y Filemón esperaba en la cama a su mujer que, de una forma sutil, le entregaba el té en sus manos como siempre.

–Toma Filemón, para que no te haga daño la comida y puedas dormir bien –le decía–. ¡Ah, pero que descuidada! Dejé la olla en el fogón, ya vengo.

Filemón se reía  mientras miraba a Zoila que corría apresurada a la cocina. En eso, el hombre hizo un movimiento brusco al querer sentarse en la cama por lo que derramó el té. Para que no lo regañara su mujer, tomó un trapito que había sobre la mesita que estaba a lado de la cama. Limpió con rapidez y dejó la taza como siempre. Luego tiró el trapo debajo de la cama y se dispuso a dormir. Zoila regresó con una dulce sonrisa y se acostó a su lado.

Como de costumbre, antes de las 12 de la noche, aquella mujer empezó a llamar a su esposo. Al ver que no respondía, le hincaba la espalda para asegurarse de que dormía. Después de cerciorarse, se levantó sigilosa y salió del cuarto hasta abandonar la casa. Como siempre, se alejó hacía los matorrales, subió al árbol de chilamate y arrancó una flor. Bajó y empezó a dibujar el círculo para dar inicio a aquel extraño ritual, a las 12 de media noche. Recitó su conjuro para transformarse. Al finalizar se alejó de la finca en medio de carcajadas escalofriantes y alaridos.

Filemón, que no tomó el brebaje que solía darle su mujer, se despertó al escuchar retumbar en sus oídos los espantosos gritos. De un brinco, quedó sentado e inmóvil en la cama, por unos segundos. Cuando volvió en sí, se percató de que su mujer no estaba a su lado. Empezó a llamarla, pero solo el silencio hacía eco. Preocupado, se levantó y se fue a buscarla por los alrededores de la finca. Poco a poco, sin saberlo, se acercó a los matorrales donde yacía escondida la tina con la piel llena de sangre de su mujer. Con una lámpara en mano, que no daba abasto para alumbrar todo, caminaba lentamente, hasta que tropezó con algo. Rápidamente, enfocó la lámpara hacía el piso para ver qué había en el lugar. Al ver la tina con la piel ensangrentada gritó despavorido y se alejó. Nervioso entró en la casa, no sabía qué hacer y aún más, no sabía nada de su mujer por eso buscó una botella de ron que tenía guardada en la cocina y se la empinó hasta bebérsela casi toda. Se armó de valor y volvió a salir. Se acercó cauteloso a la tina cubierta de piel ensangrentada, luego se alejó unos tres metros entre los matorrales y se escondió.  Agachándose, esperó…

Al cabo de dos horas regresó su mujer convertida en mona, se acercó a la tina que contenía su piel y empezó el conjuro.

–Sube carne, sube carne, sube carne…

Filemón, asustado, observaba a aquel animal cuyo pelaje desaparecía lentamente y luego la piel en la tina empezó a moverse y subir por los pies de aquella bestia. Gran sorpresa fue para él, al ver que aquel espanto era su mujer.

Filemón, quedito, despacito, retrocedió y regresó a su casa, presuroso se metió a su cuarto y se hizo el dormido. Poco tiempo después su mujer regresaba a su lecho, lentamente se deslizaba en las sábanas para evitar despertarlo.

Eran las cuatro y media de la mañana cuando Filemón se despertó, estaba tan aterrado que no pudo pegar el ojo, su mujer asombrada preguntó:

–¿Qué pasó amor?¿Por qué te levantas tan temprano?

–Es que…, tengo que ir a comprar unas cosas y le prometí a mi mamá que hoy iba a verla porque está enferma.

Filemón salió sin desayunar, montó su caballo y se fue galopando a la casa de Sifrido. Al llegar, saltó del caballo y con golpes fuertes casi tumbaba la puerta de la casa del amigo. Sifrido salió enojado y le reclamó:

–¿Qué pasa hombre?¿Me vas a botar la casa?

–Sifrido, Sifrido, mi mujer, mi mujer…

–Pero ¿qué pasa con tu mujer? ¡Carajo, hombre!

–Creo que, no, estoy seguro, que mi mujer es una mona bruja.

–¿Cómo?¿Estás borracho?

–No, no, yo la vi con estos ojos que se han de comer los gusanos. Mi mujer es una mona bruja. ¿Qué hago ahora compadre?¿Qué hago…?

Sifrido hizo entrar a Filemón a su casa y lo sentó en un taburete.

–Cálmate, cuéntame todo desde el principio.

Al oír el relato de su amigo, Sifrido no podía creerlo. Su amigo estaba aterrado.

–Mirá, vamos a hacer lo siguiente: mi abuela decía que si le hechas limón y sal a la piel de la mona, esta ya no podrá regresar. Además hecha semillas de mostaza bendecidas alrededor de toda la casa, o si tienes sal también sirve. Esto es para que la mona bruja no pueda entrar. Más aún, ponte tus calzoncillos al revés para ahuyentar a esa aberración.

Filemón oía con mucha atención lo que su amigo le decía.

Filemón regresó tarde a su casa, su compadre le había conseguido semillas de mostaza con un vecino, las que fueron a hacer bendecir a la iglesia del pueblo. También le regaló una bolsa llena de sal. Todo lo dejó en el establo con el caballo. Su mujer, lejos de mostrarse enojada, sonreía, y él hacía su mayor esfuerzo por disimular que todo estaba bien.

El sol se ocultaba lentamente, hasta que por fin llegó la noche. Filemón se levantó de la silla mecedora en la que estaba y se dispuso a ir a dormir a su cuarto.

–¿Te vas tan temprano a dormir? –preguntó su mujer.

–Sí, estoy muy cansado, mañana también me toca fuerte el traqueteo.

–Está bien, te llevaré tu té para que duermas y descanses mejor.

Ya en su cuarto, Filemón esperaba a su mujer. Ella le trajo el té, le dio un beso y salió. El hombre aprovechó y vació el té en uno de sus zapatos viejos y lo arrinconó debajo de la cama. Después de media hora, se arropó dispuesto a dormir. Ella llegó, igual que siempre, se quedó al lado de Filemón. Faltando poco para la media noche, empezó a hablarle a su esposo. Él, esta vez consiente, no respondía. Después empezó a pincharle la espalda. Aquel hombre se aguantaba para no delatarse, hasta que al fin ella se dio por satisfecha. Salió  de su cama silenciosamente hasta dejar la casa. Filemón esperó unos 10 minutos para seguirla. Ella ya estaba en medio de su ritual:

–Baja carne, baja carne, baja carne…

Filemón se tapaba la boca para que no se le saliera ni un suspiro. Al oír aquel aterrador chillido se le helaba la sangre. La mona bruja desaparecía entre las ramas de los árboles.

Filemón, ni corto ni perezoso, inicio su plan. Fue a buscar las semillas de mostaza y la sal que había escondido. Se acercó a la tina que contenía la piel de la mona y le vació sal y limón encima. Luego empezó a tirar las semillas de mostaza en el suelo en forma de una línea delgada alrededor de toda la casa. Cerró puertas y ventanas. Se desvistió y se puso su calzoncillo al revés. Sólo necesitaba esperar a que aquella mona regresara. Eran las dos de la mañana y la mona retornó. Otra vez repetía su ritual y al final sus palabras:

–Sube carne, sube carne, sube carne…

Pero esta vez, su piel yacía inmóvil en aquella tina. La mona volvió a intentarlo pero no funcionaba. Aquel animal arrojó alaridos desesperados al percatarse de que su piel ya estaba muerta, así que se dirigió a la casa enfurecida, pero no pudo pasar porque la semilla de mostaza, en unos lugares, y la sal, en otros, se lo impedían. Sin poder hacer nada, solo se lamentaba con estruendosos gritos que hacían estremecer de pavor a Filemón, que rezaba el padre nuestro sin cesar. En ese momento apareció Sifrido que, con otras personas, levantaban sus machetes en forma de cruz para atraparla. Sin saber que hacer, acorralada, la mona se lanzó  a las ramas de los árboles y se perdió en las profundidades. Nunca más se volvió a saber de aquella mujer. Filemón no quiso volver a su finca, la vendió y se fue a vivir con sus padres. Aunque Sifrido lo invitaba a sus fiestas, nunca más volvió a ser el mismo.

–Bueno, bueno, ya es hora de dormir –decía mi viejita, pero nadie quería ir a la cama. Todos estábamos asustados, pero aún  así quedábamos encantados con sus historias. Mi mamá Luisa llegaba del trabajo y nos llamaba para ir a la casa. Nos despedimos y cruzamos el portoncito que unía las dos casas. Yo me retrasé y caminaba apresurada. De pronto, no sé qué me llevó a ver el árbol de carao que estaba en la parte trasera de nuestra casa, cerca del baño. Me asusté, solo fueron unos instante. Había visto una figura oscura que estaba parada en una rama de aquel árbol. Salí corriendo hasta entrar a la casa, saqué mi cabeza y volví a ver, pero no había nada. Siempre pensé: “fue mi imaginación”.

A la mañana siguiente, nos acercamos a mi mamá Marlene a las seis de la tarde, queríamos otra historia. Mi abuelita reía:

–¡Ah! Quieren oír otra historia, ¡estos chavalos! ¿Qué voy a hacer con ustedes?

Mi papá Vicente se acercó y curioso preguntó:

–¿Qué pasa Marlene?

–Estos muchachos que me piden otro cuento.

–Bueno, bueno, que les parece si esta vez lo cuento yo.

–¡Bien! –gritamos al unísono

–Esperen que termine de guardar las herramientas.

Mi papá Vicente era carpintero, uno de los mejores de la ciudad. Era muy bueno con nosotros, siempre platicaba, no le gustaba regañarnos. Sonreía, pero cuando trabajaba era serio. También sabía contar sus buenas leyendas.

[1] Chigüines: niños, esta forma todavía se usa en el campo.

[2] Chilamate: nombre científico Ficus crassiuscula  Warb. ex Standl. Es un árbol grande y robusto, con raíces que suelen asomarse a la superficie formando intrincadas formas.

Continuará….

Blanco, F. (2017), Historias frente al fogón,  Quito, Ecuador.

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